Tres técnicos agrícolas revisan y firman documentación en un cultivo al aire libre, representando procesos de auditoría, trazabilidad y cumplimiento de normas para certificación orgánica en exportaciones.

Requisitos de la regulación europea para los agricultores

Tres técnicos agrícolas revisan y firman documentación en un cultivo al aire libre, representando procesos de auditoría, trazabilidad y cumplimiento de normas para certificación orgánica en exportaciones.

Con su gran experiencia en el campo de la agricultura sustentable, el empresario Joaquín Basanta cosechó mucha sabiduría acerca de los requisitos y regulaciones europeas para importar productos agrícolas. Estos requisitos son cada vez más complicados de cumplir, pero la empresa Agro Sustentable los logra con creces.

Producir en Argentina y venderle a Europa parece, en principio, una buena idea. Pero no es tan directo. Hay condiciones específicas. Algunas son conocidas por quienes ya están en el circuito exportador, pero otras requieren más que intuición o experiencia. Europa tiene sus propias reglas. Están escritas, se actualizan, y conviene entenderlas antes de intentar cruzar el océano con un producto agrícola.

Para quienes trabajan bajo prácticas orgánicas, las exigencias se vuelven más puntuales. No alcanza con cumplir las normativas nacionales. La Unión Europea establece sus propios criterios para lo que considera producción ecológica. Y cada paso del proceso, desde la semilla hasta la etiqueta final, entra en evaluación.

Qué cosas no están permitidas

No se puede usar fertilizante químico. Tampoco pesticidas sintéticos ni semillas modificadas genéticamente. Esas son las bases. A partir de ahí, se espera que el manejo del suelo favorezca la biodiversidad, la conservación y la recuperación de nutrientes. Esto se traduce, en muchos casos, en prácticas como rotación de cultivos, uso de compost o cultivos de cobertura. Nada especialmente nuevo, pero debe estar documentado.

Con las semillas hay una exigencia adicional. Deben ser orgánicas. En caso de que no se consiga una variedad específica bajo ese estándar, el productor debe presentar justificaciones formales. No es una simple nota; tiene que estar respaldada con evidencia y enviada con anticipación.

Trazabilidad, separación y registros

Para Europa, no alcanza con que algo sea orgánico. Tiene que demostrarse. Eso implica mantener la trazabilidad completa. Todo debe poder reconstruirse: dónde se sembró, cuándo se cosechó, qué herramientas se usaron, cómo se almacenó y bajo qué condiciones se transportó.

Otro aspecto que suele generar complicaciones es la separación. Si una empresa produce al mismo tiempo orgánico y convencional, debe garantizar que no haya contaminación cruzada. Esto incluye líneas de empaque distintas, depósitos diferenciados, equipos limpiados entre un lote y otro. No es un detalle menor, y en las auditorías suele ser uno de los puntos más observados.

Certificación orgánica nacional: no siempre suficiente

En Argentina, hay muchas empresas con certificación orgánica avalada por SENASA. Algunas de esas certificadoras también están autorizadas por la Unión Europea. Otras no. Si el sello no está reconocido por el sistema europeo, hay que iniciar un proceso adicional o contratar una entidad que sí esté habilitada. No es algo inmediato.

La certificación que se pide en Europa no es una declaración voluntaria. Exige auditorías, reportes, análisis, visitas al lugar de producción, revisión de documentación. Y no se hace una sola vez. Se repite, como mínimo, una vez por año. Si en una de esas instancias no se cumplen los requisitos, se suspende la certificación hasta que se corrijan los puntos observados.

En los últimos años, además, las normas europeas cambiaron. Se sumaron nuevas exigencias relacionadas con el transporte, las condiciones de almacenamiento y el etiquetado. Esto obliga a revisar procesos que, hasta hace poco, no se consideraban parte del sistema orgánico.

Casos que muestran caminos posibles

Hay empresas que ya lograron adaptarse. Algunas bodegas mendocinas, por ejemplo, aprovecharon su experiencia en mercados externos para alinear sus procesos con la regulación europea. En otras regiones, como Tucumán o Río Negro, hubo proyectos grupales —cooperativas, asociaciones— que lograron certificar para vender limones, frutas secas o peras.

Lo que tienen en común es que no lo hicieron solos. Contaron con asesoramiento técnico, acompañamiento institucional o incluso financiamiento para reorganizar parte de la producción. Porque más allá de lo agronómico, se necesita gestión. Documentación ordenada, registros actualizados, procedimientos claros. Eso lleva tiempo, y no siempre está resuelto en empresas pequeñas o medianas.

Diferencias dentro de un mismo continente

La normativa ecológica es común para toda la Unión Europea, pero su implementación varía. Alemania puede poner más énfasis en los controles de residuos. Francia, en el etiquetado. Los Países Bajos, en la trazabilidad. Conocer el destino final del producto es tan importante como cumplir con la norma general. Lo que se exige cambia, aunque el reglamento sea el mismo.

Por eso, muchos productores trabajan directamente con importadores que les detallan qué validaciones necesitan. Otros lo hacen con intermediarios que ya están establecidos en esos mercados. En cualquier caso, intentar exportar sin información específica sobre el país de destino puede derivar en errores costosos.

Un rechazo en aduana por una omisión o un error en la documentación puede implicar no solo la pérdida del lote, sino también el cierre de oportunidades futuras con ese comprador.

Lo social empieza a contar

Aunque la regulación se enfoca en lo ambiental, desde hace un tiempo hay interés por temas sociales. Algunas certificadoras ya incorporan variables relacionadas con el trato laboral, las condiciones de seguridad, la participación de mujeres o la exclusión de trabajo infantil. No es obligatorio para todos los casos, pero en ciertos mercados puede ser decisivo.

Es por eso que algunas empresas empiezan a considerar otras certificaciones. Comercio justo o Empresa B son opciones que, sin reemplazar la certificación orgánica, suman valor. Especialmente en nichos donde los compradores buscan más que un producto ecológico: buscan una historia, una práctica, una lógica de trabajo distinta.

Una apuesta que implica esfuerzo

Cumplir con estas regulaciones no es automático. Requiere tiempo, adaptación, y en muchos casos, cambios profundos. Pero también abre la posibilidad de acceder a mercados con precios más estables, consumidores exigentes y mayor margen para productos diferenciados.

Argentina tiene condiciones productivas favorables y una variedad de regiones que se adaptan a distintas demandas. Frutas, vinos, legumbres, miel, aceite de oliva. La capacidad está. Lo que falta, muchas veces, es el puente entre lo que se produce y lo que se exige. Ese puente se construye con acompañamiento técnico, decisiones claras y continuidad.

No es una tarea menor. Pero quienes la recorren, rara vez vuelven atrás.

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