Alrededor del año 1930 el rápido avance precedente, que se ha descrito como “salto tecnológico”, había agotado una buena parte de sus energías y mecanismos ingenuos. El nivel empírico de las prácticas y técnicas de transmisión directa se había alcanzado y los rendimientos unitarios de los diferentes cultivos y ganados ya no mostraba progresos sensibles, percibiéndose a lo largo del tiempo las fluctuaciones propias del riesgo agrícola con sus “buenos” y “malos” años, pero sin una tendencia general a elevar la productividad. Por el contrario, en esa época pasó a hacerse evidente que a falta de nuevas tierras en las que pudiera expandirse la producción y en ausencia también de recursos tecnológicos para aumentar los rendimientos en forma económica, los productores recurrían al expediente de redistribuir los componentes de sus explotaciones mixtas aumentando los rubros que por circunstancias diversas de ecología, mercado, etcétera, se les presentaban como retributivos y seguros, disminuyendo paralelamente los productos menos favorables. Este flujo y reflujo de unos cultivos y ganados frente a otros, compitiendo por la misma superficie de tierras aptas, sin producir un aumento global de la producción, resultó una característica esencial de la nueva situación.
Durante este período sólo se logró mantener un progreso moderado en los rendimientos de algunos cereales como el trigo que disfrutó de la acción eficaz de semilleristas privados en conjunción con la tarea fitotécnica de las pocas estaciones experimentales de la Argentina y La Estanzuela en el Uruguay*. Sin embargo, en la abrumadora mayoría de los productos la actividad científica era apenas incipiente o no conseguía abrirse camino en la práctica de la producción. Así en un cultivo de tanta importancia como el maíz, los rendimientos que habían crecido rápidamente antes del año 30, tomaron a partir de entonces una tendencia declinante durante todo el período de las políticas autarquizantes. Algunos adelantos técnicos importantísimos como la creación de maíces híbridos, se originaron en la Argentina casi conjuntamente con los Estados Unidos. En este último país ya estaban ampliamente difundidos en la práctica de campo desde 1933, o sea con sólo 8 a 10 años de demora con respecto a las experiencias iniciales. En la Argentina, por el contrario, las tareas cumplidas en la Estación Experimental de Pergamino, en la Facultad de Agronomía y Veterinaria de Buenos Aires y en el monte pasaron desapercibidos hasta el año 1947, en que se consiguieron imponer. Pacientemente fuerte, distintas trabas burocráticas y los avatares políticos que minados técnicos, fueron causa de unos 30. años de demora en la incorporación de un recurso técnico valiosísimo.
Dentro del descuido general por la producción rural evidenciado por los poderes públicos durante el período 1930 a 1952 reviste caracteres partidos sistemas de investigación y extensión. Durante el período, fueron creadas algunas estaciones experimentales nuevas e hicieron su aparición un puñado de investigadores notables en el Ministerio de Agricultura y Ganadería de la Nación, en algunas instituciones provinciales, en las estaciones experimentales instaladas por los ferrocarriles, en algunas escuelas y facultades de agronomía y hasta en empresas privadas. Sin embargo, estos servicios continuaron funcionando con una extrema penuria de recursos. En 1937 la Estación Experimental de Pergamino contaba con un solo técnico. De 1937 a 1949 Pergamino llegó a tener 14 técnicos en sus servicios, pero posteriormente éstos se redujeron a sólo 7, casi olvidados e incomprendidos en sus tareas. Continuaron adquiriéndose campos para fines experimentales y demostrativos, pero la mayoría de ellos trabajaban con dos o tres técnicos, y algunas funcionaron largos períodos con un solo profesional a cargo de todas las funciones. En 1956, el Ministerio de Agricultura tenía un total de 243 técnicos dedicados a la investigación, extensión y fomento de la innovación en todo el país, de los cuales solamente unos 70 estaban dispersos en las 47 estaciones y campos experimentales y el resto actuaba en los servicios administrativos centrales.
Si el retraso de los grupos científicos se insinuaba en la Argentina ya antes de 1930, después de esta fecha la situación se agravó persistentemente en términos relativos debido a la aceleración impresionante que recibieron en esos años los servicios técnicos en todos los países adelantados. En efecto, desde fines de la Recesión de los años 30 se había venido intensificando el movimiento científico en las Universidades y en los cuerpos técnicos gubernamentales y privados de los países adelantados. A la finalización de la IIa. En la Gran Guerra Mundial existía en todos los países que habían participado de la contienda una acumulación de información científica y una comprensión más difundible de la producción. Con el advenimiento de la paz, todos los gobiernos un movimiento sistemático y permanente de innovación tecnológica en todas las ramas de la producción. La agricultura lejos de ser olvidada frente a otros sectores pasó a constituirse en una de las facetas más importantes de dicho esfuerzo. De esa época, alrededor de 1945 al 1950, data el impulso extraordinario alcanzado por estos servicios. Los países que históricamente habían iniciado el movimiento tecnológico fueron también los primeros y los más decididos en lanzarse con toda energía hacia el fomento de las políticas innovarías.
El gobierno británico había comenzado ya desde 1914 a subsidiar a institutos privados de reconocido prestigio científico y a Colegios de Agricultura, como una forma de compensar la declinación de la prosperidad de la producción rural de las islas. Ello reforzó los grupos científicos e hizo aparecer a muchos investigadores de dedicación exclusiva. Sin embargo, el gran impulso llegó en 1946 con la creación del Servicio Nacional Asesor y el Consejo de Investigación Agrícola, que comenzaron sus trabajos administrando una red de 10 estaciones experimentales propias y 15 unidades de investigación ubicadas en centros de excelencia en las Universidades y otorgando subsidios a 14 institutos independientes, entre los que se contaban algunos de la importancia de Rothamsted, East Malling y Long Ashton.
En Australia el Instituto de la Ciencia y la Industria desde su creación en 1920 hasta 1937, se había dedicado exclusivamente a resolver problemas de las producciones agrícola y pastoril, y en ese año se incorporaron secciones dedicadas a la industria y otras actividades. En 1949, por una ley especial, se transformó en el Commonwealth Scientific and Research Organización, (C.S.I.R.O.) con amplios recursos asignados por el Parlamento y por donaciones privadas. Esto permitió elevar el personal en 1954 a más de 1.700 técnicos y científicos, en 16 divisiones y 17 secciones, de las cuales 9 y 9 por lo menos dedicadas a problemas agropecuarios, de recursos naturales, fauna y pesca, más de 5 centros regionales con interés particular en las soluciones específicas para una determinada región. Esta actividad se complementó por la acción de las Reales Sociedades Agrícolas, los 7 Colegios de Agricultura, de los cuales 5 datan del siglo pasado, y las 5 Universidades, encargadas de dar títulos superiores y de enfrentar problemas de investigación compleja.
En 1946 también en los Estados Unidos se dio un paso importantísimo para consolidar las tareas de investigación, extensión y formación de técnicos que ya venían realizando desde fines del siglo anterior docenas de estaciones experimentales y colegios de agricultura del Gobierno Federal y de los distintos estados. El Servicio Cooperativo Estatal de Investigación supervisaba en esa época unos 12.000 proyectos que recibían subsidios estaduales o del gobierno central. En la misma época se estableció el Instituto Nacional de Investigación 1958 la economía agrícola y en 1964 la investigación forestal. Todo esto varios organismos privados que ocupan en total a varios miles de profesionales.
En 1950 como parte importante de la reconstrucción del Japón se estableció en Tokio el Instituto Nacional de Ciencias Agrícolas y en 1956 se creó el Consejo de Investigación Agrícola, Forestal y de Pesca que planea y coordina el trabajo de 8 estaciones experimentales regionales, más de 50 estaciones de tecnología agrícola dependientes de provincias y prefecturas, y varios cientos de organismos privados ý semiprivados de la más variada índole que cumplen importantes tareas científicas y tecnológicas.
También en Holanda después de la Guerra se reforzó la investigación agrícola mediante la creación del Consejo Nacional de Investigación Agrícola que mantiene 32 establecimientos propios de investigación, colabora con otros 6 dependientes del Departamento de Agricultura, además de los 22 institutos y laboratorios de la Universidad Agrícola de Wageningen, una red vastísima de campos demostrativos del Servicio de Extensión y varios institutos privados.
Una tarea idénticamente febril de constitución y perfeccionamiento de los servicios de investigación y de extensión puede citarse para todos los países adelantados, y guarda estrecha relación con los aumentos sostenidos de productividad agrícola que todos ellos comenzaron a capitalizar desde unos años después de comenzar a funcionar dichos servicios con una gran masa de recursos en cantidad y calidad.
En la Argentina de esos años, no solamente el esfuerzo oficial de investigación y extensión fue perdiendo posiciones frente a la expansión de los servicios equivalentes de los países competidores, sino que los profesionales argentinos estuvieron alejados de las corrientes de intercambio técnico auspiciadas por los organismos internacionales y por numerosos grupos filantrópicos que empezaban a actuar intensamente.
Los empresarios del sector se mantuvieron en general en todo el periodo en una actitud de apatía, desconcierto y aislamiento del movimiento tec.se apreciaban los animados debates y la actividad intensa que eran característicos de los grupos equivalentes de otros países.
Hacia 1952, la Argentina había perdido considerables posiciones en los círculos técnicos y científicos agropecuarios. Hasta algunos países latinoamericanos podían ufanarse de contar con equipos técnicos más numerosos y mejor formados* y el progreso de muchas instituciones de enseñanza, investigación y extensión venía superando al de las equivalentes argentinas.
No es de extrañarse, por lo tanto, que a partir de 1930 y los años subsiguientes, la productividad de muchos rubros que había sido similar entre la Argentina y otros países, comenzará a arrojar ventajas cada vez mayores para los segundos. El análisis de los diversos datos estadísticos que acompañan a este texto revela la brecha creciente que fue separando a los cultivos nacionales que muestran un avance lento de su productividad unitaria y aún retrocesos parciales (caso del maíz, el lino, el girasol y otros), contra el intenso y constante aumento registrado en países como los Estados Unidos, Australia, Israel, Europa Occidental, Nueva Zelandia, para sólo citar algunos.
