Los fundamentos teóricos del liberalismo manchesteriano cifraban el transferir equitativamente las utilidades de la mayor productividad alcanzada por todos los sectores de la producción gracias al progreso tecnológico, aunque estuvieran ubicados en países diferentes.
Esta ideología había presidido las relaciones entre los países por espacio de un siglo. Sin embargo, pronto habría de verse que los países sin vocación industrial quedaban atados a formas y niveles de producción tradicionales, que les resultaba difícil superar. Por el contrario, los países con mayor adelanto entraban de lleno a la producción secundaria y terciaria. La relación de precios entre productos primarios y manufacturados se fue volcando a favor de los últimos, que iban incorporando progresivamente un sinnúmero de adelantos y nuevos componentes tecnológicos. En estos rubros, la demanda se mantuvo mucho más elástica, soportaron menores problemas, sus ingresos permitieron sostener crecientes “estándares”’ de vida en todos los rangos sociales y ter-minaron por permitir subsidiar la propia producción primaria en sus países, para asegurar aprovisionamientos estratégicos y por razones de equilibrio social. Estos aumentos de producción a su vez saturaron la demanda de productos agropecuarios, agravando y alargando los períodos de baja de sus precios en el mercado internacional.
Ya el estallido de la 1°Gran Guerra Mundial, que comprometió severamente el tráfico marítimo y distorsionó la capacidad productiva de los países beligerantes, significó un llamado de atención para los países con estructuras muy abiertas y altamente especializadas como la Argentina. La gran conmoción política de la guerra, las consecuencias económicas del Tratado de Versalles y crecientes dificultades económico-financieras pusieron a dura prueba e esquema de división internacional del trabajo implícito en la teoría del libre cambio. Los Estados Unidos y la URSS pasarían a ocupar el liderazgo mundial y ostentarían sus respectivos ejemplos de economía Integrada dirigidas primordialmente al mercado interno. (En 1920 los EEUU tenían un coeficiente de importaciones de sólo el 4,4 o/o contra el 19,4 o/o del Reino Unido y el Gráfico Nro. 1 revela la tendencia a cerrar la economía, que se acentuó antes del 30).
En esos años, en rápida sucesión todos los países del mundo viraron sus políticas económicas hacia la protección de sus producciones internas, perdiendo su confianza en las ventajas comparativas que habían regido hasta entonces el comercio internacional. Alentados por doctrinas como las enunciadas por Hamilton en los Estados Unidos a fines del Siglo XVIII y por Federico List en Europa, los países elevaron rápidamente sus tarifas de importación dificultando el comercio y protegiendo la producción propia. La época se caracteriza por los esfuerzos intensos pero infructuosos de la Liga de las Naciones, de la Unión Panamericana y de Conferencias Mundiales especiales como la Aduanera de 1927 y las Económicas y Financieras de Ginebra en 1927 y de Londres en 1933, para revitalizar el decaído comercio internacional sobre bases más liberales. Ante la contumacia de los países mayores y frente al agravamiento de la situación general que precedió y continuó a la Gran Crisis (1929-1934), se fue generalizando velozmente la práctica de los acuerdos bilaterales como forma de intercambiar concesiones específicas por períodos concretos, en sustitución del comercio multilateral abierto. La paralización progresiva del comercio mundial hizo que en 1933 el intercambio descendiera al 50 o/o de las cifras de 1929 y quedaran sin trabajo más de 20 millones de personas. Dentro de esa situación mundial, la Argentina con su economía totalmente abierta, muy dependiente del comercio inter-nacional y con una estructura industrial apenas incipiente, estaba en una situación particularmente vulnerable. Los precios internacionales de los pro-ductos agropecuarios sufrieron más fuertemente que los industriales la caída de la demanda. Los tres granos principales se cotizaban en 1932 un 43 o/o por debajo de los precios de 1928 y esta caída se reflejó rápidamente en la Argentina en forma de desempleo, disminución del ingreso y una fuerte reducción de los recursos fiscales. Los precios de los productos ganaderos no sufrieron caídas tan pronunciadas y, tanto durante la crisis como durante las guerras, continuó ex-portándose el 38 o/o de la producción global, lo que permitió la creación de un amplio saldo comercial favorable y reservas de divisas que se habían acumulado al fin de la contienda. La proporción exportada de las cosechas por el contrario decayó del 48 o/o que había salido antes de la crisis, al 17 o/o durante el quinquenio 1940/44, cuando se hicieron sentir con mayor grave-dad las restricciones comerciales posteriores a la depresión y los efectos de la IIa. Gran Guerra. En esos últimos años, se llegó a utilizar maíz como combustible en los ferrocarriles y se registraron graves pérdidas debidas al almacenamiento defectuoso de los saldos invendibles.
Las dificultades para importar que se sintieron durante las dos Guerras y durante la Recesión interrumpieron bruscamente la corriente de pro-ductos que ingresaba al Rio de la Plata, integrada por muchos elementos fundamentales para la economía como combustibles fósiles, caucho, vehículos, equipos varios, etc., lo que ocasionó trastornos de importancia.
En 1932, ya casi tocando a su fin el período álgido de la Recesión, el Reino Unido se mantenía como último país practicante del comercio multilateral libre. En esa época, sin embargo, se hizo sentir con violencia la presión de los miembros del Imperio Británico que exigían ayuda comercial a la metrópoli para superar la crisis mundial. Ante una situación que amenazaba con desintegrar el Imperio, se firma el famoso Tratado de Ottawa, por el cual también los Dominios establecieron convenios bilaterales con el Reino Unido. Al siguiente año la Argentina, como todos los restantes países que comerciaban con las islas británicas, tuvieron que negociar también convenios bilaterales que tomaron al Pacto de Ottawa como referencia. Esta circunstancia tuvo un impacto sicológico muy importante, dada la importancia que tenía el mercado inglés para diversos productos argentinos. Aunque el tratado Roca-Runciman consiguió el propósito de mantener abierto el vital mercado británico para la Argentina, se tuvo la sensación de quedar presos dentro de un esquema que resultaba perjudicial. Al ir ahondándose los problemas de la crisis el proteccionismo continuó imponiéndose en Europa con tarifas de importación del 10 al 35 o/o, además de un sinnúmero de disposiciones para protección de industrias especiales y para, a la inversa, conceder exenciones favorecedoras a determinados países. De esta época, inmediata-mente posterior a la Depresión Mundial, data el auge de políticas como la fijación de cuotas de trigo local en la molienda o de cuotas de importación (Francia, España, Italia, etc.), las tendencias a autoabastecerse de alimentos básicos (Alemania, Italia, URSS), las restricciones a la importación por pre-textos sanitarios (mosca de la fruta, fiebre aftosa, etc., principalmente en los Estados Unidos), la concesión de situaciones de favor a las áreas imperiales (Francia, Reino Unido, Italia) y, por último, los primeros intentos serios de creación de reuniones aduaneras o federaciones económicas, como forma de mitigar los efectos desfavorables de las políticas autárquicas, que comenzaron rápidamente a percibirse. Durante los años que nos ocupan, estaban ocurriendo en el Viejo Mundo transformaciones políticas profundas, por un lado, por el avance de las ideas socialistas que se impusieron en Rusia con el gobierno soviético y por otra parte por la conquista del poder de partidos nacionalistas, Italia (1922-Mussolini es llamado por Víctor Manuel III para formar gabinete),Portugal (1926 – Salazar es designado Ministro de Hacienda), Alemania(1933 – Hitler es designado Canciller) y España (1939 – Franco asume como Jefe del Estado). Todos estos partidos y líderes compartían idearios antiliberales y exaltaban la función del Estado Nacional, lo que implicaba una exacerbación de las tendencias a la autarquía económica autosuficiente, por razones de seguridad y competencia interimperial. Estas ideas llegarían a la Argentina durante el transcurso de la IIa. Guerra Mundial, que vio encenderse fuertes polémicas entre los aliadófilos proclives en su mayoría a las doctrinas liberales, y los partidarios del Eje, que no ocultaban sus inclinaciones corporativistas, estetizantes y autárquicas. Al finalizar la contienda y compensando la rápida declinación del Imperio Británico y el pasaje de toda la Europa Oriental al área socialista, iba a presenciarse el surgimiento de los Estados Unidos como primera potencia mundial, pero las influencias ideo-lógicas que predominaron en la determinación de las teorías económicas de la América Latina, así como de otros países en desarrollo, absorbieron in-tensamente el influjo de los componentes antiliberales citados.
Simultáneamente con esta evolución mundial que señalaba un periodo de tendencias autarquizantes en la mayoría de los países, coincidieron una serie de factores interiores de la Argentina. En esa época era ya muy evidente que había quedado completada la ocupación de tierras vírgenes, finalizando un período en el que la extraordinaria abundancia del factor tierra en relación con los restantes, tornaba lógico dar preferencia a las actividades agropecuarias extensivas. El crecimiento paulatino de la población y la acumulación de capitales iban acercando el momento en que forzosamente se crearían condiciones más favorables para las actividades trabajo-intensivas y capital-intensivas, o sea hacia la producción urbana. Que la coyuntura económica era mundial y no solamente Argentina, queda probado por el hecho que las soluciones adoptadas fueron muy similares para diversos países, en especial para los países de América Latina, encabezados por la propia Argentina, el Brasil y México, aunque los caracteres propios de la situación argentina habrían de manifestarse también en el proceso en la forma que se verá.
