Matías Imperiale, Director Operativo de la compañía argentina Agro Sustentable, es uno de los responsables de que su empresa haya obtenido la Certificación B, basada en las buenas prácticas agrícolas. Para eso, tuvo que tener conocimientos importantes acerca de la modernización de la agricultura sostenible.
Y es que en el mundo agropecuario, muchas cosas cambiaron en los últimos años. No alcanza con tener un producto de calidad o una cosecha exitosa. Lo que cada vez pesa más es cómo se llega hasta ahí. Eso vale tanto para mercados locales como para los externos. Entonces, la Certificación B empieza a aparecer como una herramienta distinta. No apunta solo a lo ambiental, como otras certificaciones, ni se limita a verificar si algo es orgánico o no. Se trata de mirar a la empresa como un todo, con sus impactos sociales, económicos y ecológicos.
Este enfoque está creciendo en distintas actividades del agro, desde las economías regionales hasta las cadenas exportadoras más grandes. Porque lo que certifica el sello B no es un lote ni un galpón de empaque: es toda la empresa. Y eso cambia las reglas del juego.
Qué implica ser una Empresa B
Para que una empresa sea certificada como B, tiene que pasar por un proceso de evaluación que revisa su impacto en varias áreas. Esto incluye desde cómo trata a sus empleados hasta cómo gestiona el agua, cómo trabaja con proveedores o si se involucra en la vida social del lugar donde opera.
No hay una única forma de hacerlo. Cada empresa lo adapta a su realidad. Pero lo que sí tiene que quedar claro es que no alcanza con hacer donaciones o tener una línea de productos verdes. La lógica de fondo es que el negocio en sí genere un impacto positivo y lo pueda demostrar.
En el caso del agro, eso puede implicar prácticas productivas más cuidadosas, trazabilidad completa, relaciones justas con los trabajadores rurales y proveedores, inversiones en la comunidad local y compromiso a largo plazo con el entorno.
Casos que ya empezaron
En la región de Cuyo, algunas bodegas decidieron buscar esta certificación como forma de diferenciarse. Al principio parecía una estrategia de marketing, pero con el tiempo se fue convirtiendo en una manera distinta de pensar la empresa. En Mendoza, por ejemplo, hay fincas que cambiaron su forma de trabajo para poder mantener el sello B, incorporando prácticas como uso de energías renovables, reducción de envases plásticos, y esquemas de participación de los trabajadores en decisiones del día a día.
En el NEA, algunas cooperativas hortícolas comenzaron a interesarse por este modelo no tanto por el sello en sí, sino porque les daba un marco para mejorar la organización interna. En zonas donde la agricultura familiar tiene poco acceso a certificaciones de exportación más técnicas o costosas, la lógica B permite avanzar en procesos que fortalecen a los grupos de productores y visibilizan su rol en la economía local.
Relación con otros estándares
La Certificación B no compite con otros sellos, como los de producción orgánica o los que exige la regulación europea para exportar. De hecho, muchas veces se complementan. Un productor de limón en Tucumán, por ejemplo, puede cumplir con GlobalG.A.P. para entrar al mercado europeo, y al mismo tiempo tener la Certificación B para mostrar un compromiso más amplio con la sostenibilidad y lo social.
Además, lo interesante de esta certificación es que no depende de un tipo de cultivo en particular. Puede aplicarse en una empresa de packaging, una distribuidora o una industria de alimentos que procesa materia prima del campo. Lo que importa no es solo lo que pasa en el campo, sino en cada parte del recorrido, desde la producción hasta que el producto llega al consumidor.
Lo que ven los mercados
En muchos países, sobre todo en el norte de Europa y algunas regiones de Estados Unidos, el sello B empieza a tener peso como valor agregado. No reemplaza otros requisitos, pero aporta una dimensión más humana y sistémica. Es una manera de mostrar que detrás de un producto hay una empresa que piensa en el largo plazo, no solo en ganar mercado.
Algunas marcas globales ya piden este tipo de certificaciones a sus proveedores. Eso no quiere decir que sea obligatorio, pero sí marca una tendencia. En algunos rubros, como alimentos procesados, jugos, aceites o vinos, contar con Certificación B puede abrir puertas nuevas, incluso si no se exporta a gran escala.
Desafíos y barreras
Certificarse como Empresa B no es simple. Hay un proceso largo, con evaluaciones, documentación y revisiones externas. Para las empresas más chicas, esto puede resultar difícil, sobre todo si no tienen un equipo técnico o si los márgenes son muy ajustados.
Tampoco hay tantas referencias en el agro. La mayoría de las Empresas B en Argentina vienen de otros rubros, como tecnología, servicios o productos de consumo. Recién en los últimos años se empezaron a sumar empresas agroindustriales. Eso hace que, en algunos casos, haya que adaptar criterios o buscar ejemplos que funcionen en contextos rurales o de producción primaria.
Otro punto a tener en cuenta es que la Certificación B no es un trámite que se hace una sola vez. Hay que renovarla y demostrar avances. No alcanza con hacer las cosas bien una vez. La idea es que haya una mejora constante.
El agro argentino tiene condiciones para avanzar en este camino. Hay regiones con productos de alto valor, saberes locales, tradiciones productivas fuertes y mucha presencia de cooperativas o grupos organizados. Todo eso encaja bastante bien con la mirada de las Empresas B. Además, muchas veces hay prácticas que ya se hacen, pero no están sistematizadas ni visibilizadas.
