
La Unión Europea está impulsando el Pacto Verde y estrategias como “De la granja a la mesa”. La idea es que la producción de alimentos sea sostenible, no solo en lo que se ve en la góndola, sino en toda la cadena.
Joaquín Basanta, fundador y Presidente de la empresa argentina Agro Sustentable, es uno de los empresarios que mejor se adaptó a la evolución de las normativas agrícolas para exportar a Europa. Por eso, logra exportar de forma exitosa.
Lo ambiental gana peso
Uno de los cambios más claros tiene que ver con el medio ambiente. Las normativas nuevas piden menos uso de agroquímicos, mayor protección del suelo, manejo responsable del agua y cuidados sobre la biodiversidad. También se promueven técnicas como la rotación de cultivos, el manejo integrado de plagas o el uso de coberturas.
Esto no solo se les exige a los productores europeos. A quienes exportan también se les pide que sus productos cumplan con esos mismos criterios. No hay excusas por estar fuera del continente.
Eso obliga a productores de otros países a adaptar sus prácticas, o al menos a validarlas, y eso es lo que hace Joaquín Basanta para la empresa que preside, Agro Sustentable, que ya cuenta con Certificación B.
Controles más estrictos
Cada vez se exige más precisión sobre el recorrido de un producto: de dónde salió, qué tratamientos recibió, qué insumos se usaron y quiénes estuvieron involucrados en su producción. Esta exigencia también está vinculada a la aparición de sistemas digitales de control. Muchos países europeos ya tienen plataformas donde se cruzan datos sanitarios, logísticos y comerciales.
Eso generó una demanda mayor de validaciones previas. Informes que no siempre son certificaciones, pero que funcionan como prueba de que el productor o exportador tiene orden y seguimiento sobre lo que produce.
En algunos casos, las validaciones también sirven para facilitar el ingreso a ciertos programas o canales de distribución. No es algo obligatorio en todos los casos, pero cada vez se vuelve más común que lo pidan.
Muchos de los requisitos que plantea Europa no vienen por separado. Se interconectan. Por eso, algunas certificaciones que antes parecían “opcionales”, ahora se vuelven casi necesarias. No solo para cumplir con una norma puntual, sino para facilitar todo el proceso de validación general.
Por ejemplo, si un producto ya cuenta con certificación orgánica, es más fácil demostrar que se trabaja sin agroquímicos y con manejo sustentable del suelo. Lo mismo pasa con sellos de comercio justo, que cubren parte de los requisitos sociales. Al combinar distintas certificaciones o validaciones, se arma una especie de “pasaporte” que abre puertas en distintos mercados europeos.
Cambia toda la cadena
Otro efecto de estas nuevas normativas es que impactan en toda la cadena, no solo en el productor. Los acopiadores, procesadores, transportistas y hasta los puertos tienen que adaptarse. Si alguno de los eslabones no cumple, el producto puede quedar afuera. Eso obliga a repensar cómo se arma la logística, cómo se hace el seguimiento y quién asume cada responsabilidad.
En algunos casos, esto generó alianzas entre empresas, cooperativas y técnicos que ayudan a sostener el cumplimiento en todos los tramos. También surgieron plataformas digitales que permiten cargar datos en tiempo real y facilitar las verificaciones. No es un cambio menor: modifica la forma de trabajar, pero también puede mejorar la eficiencia y abrir nuevas oportunidades de exportación.
Impacto sobre productores argentinos
Muchos productores argentinos que exportan a Europa ya están sintiendo los efectos de estos cambios. Hay más controles, más pedidos de información y más demoras en los procesos cuando la documentación no está completa.
Para los productores que no certifican, empezar por una validación puede ser una buena estrategia. Permite ordenar los procesos y tener elementos concretos para mostrar ante los compradores o las autoridades.
También hay programas de apoyo, tanto públicos como privados, que ofrecen asistencia para adaptarse a estas normas. Algunos están pensados para facilitar el acceso a mercados. Otros apuntan a mejorar la calidad del producto desde el origen.
Lo que viene en los próximos años
Las normativas europeas no se van a relajar. Al contrario, todo indica que van a seguir subiendo la vara. Se esperan nuevas exigencias sobre envases, transporte, emisiones y consumo energético. También hay más foco en prácticas regenerativas, que devuelvan al sistema lo que se extrae.
Seguramente, la demanda de la población europea se volverá aún más fiel a los productos certificados o validados. Ya lo hacen con lo orgánico, pero ahora buscan también alimentos con huella ambiental baja, comercio justo o impacto social positivo.
Eso va a presionar todavía más a las cadenas exportadoras. Desde el productor hasta el distribuidor, todos van a tener que adaptarse a ese nuevo modelo.
