Al describir las consideraciones teóricas económicas y los presupuestos psicológico-sociales y políticos en que se apoyó el fundamentalismo industrial y la estrategia de sustitución de importaciones, se mencionó que entre los argumentos principales que se esgrimieron para imponerlos estaba el de la falta de dinamismo del sector agropecuario exportador, que se consideraba intrínsecamente incapaz de contribuir al desarrollo general. Cercano todavía el recuerdo del periodo de gloria del librecambio, que había originado en la Argentina unos de los crecimientos económicos más notables de la historia, era necesario mucha elucubración teórica para reforzar el desencanto causado por las dificultades recientes del Comercio y justificar técnicamente las nuevas políticas. Dentro de la considerable literatura que se dedicó al punto, se insistió en un primer momento, como ya se ha señalado, en el deterioro de los términos del intercambio, que se reputaba secular, creando una infra demanda permanente que deprimiría los precios y por ende reduciría el aporte de divisas obtenidas por este medio. Sin embargo, desde la finalización de la II Guerra Mundial se hizo evidente que los problemas de las exportaciones agropecuarias argentinas no estaban del lado de la demanda, ya que el mercado internacional de alimentos y fibras de clima templado se situó en franca expansión. Por el contrario, fue la falta de crecimiento de la oferta motivada por la caída en la producción y el aumento del consumo interno, lo que se constituyó en el obstáculo permanente para ganar mercados adicionales. A pesar de las fluctuaciones a plazo breve y las circunstancias coyunturales de la lucha comercial, países como los Estados Unidos, Canadá, Australia, Nueva Zelandia’ y los abastecedores menores dentro del MCE y en otras regiones, fueron conquistando progresivamente las nuevas dimensiones del mercado mundial gracias a una producción en continuo aumento. Ante esta evidencia, los grupos políticos y los teóricos sostenedores de la sustitución de importaciones se apoyaron en el argumento de la baja elasticidad de precios e ingresos de la producción agropecuaria que, supuestamente, hubiera invalidado cualquier política orientada al aumento de la producción de este sector. Para ello se insistió continuamente sobre el estancamiento de los niveles de producción que era atribuido a falta de dinamismo y nunca al efecto depresor de las propias políticas autarquizantes. Por otra parte, “políticas que aliviaron parcialmente la situación desbreves y con penetración reducida, so en períodos algunas las fueron establecieron como exactor rural, políticas al de fondo y no indujeron más que a respuestas ser débiles, fugaces e inconstantes. El inciso mejoría aes costos de producción ni estables, ni se fijaron con la antelación debido, ni eliminaron hubieran podido influir positivamente en las decisiones de favorables que inversión de los productores.
Por las razones expuestas, las políticas de precios garantidos y otras formas de precios pretendidamente de fomento fueron malos remedos en la Argentina durante el período autarquizante y su inevitable fracaso tendió a reforzar la actitud ya exageradamente proteccionista industrial de la conducción económica.
Como desmentido categórico de la supuesta inelasticidad a precios de los productores agropecuarios, los años recientes han acumulado evidencia objetiva. Cada vez que en pugna con los sectores urbanos se consiguió mejorar sustancial y. persistentemente su posición relativa, se obtuvieron res-puestas destacadas en el ritmo de inversión y producción (ciclos de retención ganadera, aumentos de área sembrada, mejoramiento de nivel tecnológico, etc.) del mismo modo que se hubiera logrado en cualquier grupo productor comercial del mundo. La alta respuesta de la producción rural argentina a una política de legitima buena voluntad de los organismos oficiales quedó confirmada por el aumento espectacular de las áreas sembradas y de la producción en conjunto, frente a un viraje manifiesto de las políticas económicas generales.
