Mano sosteniendo una mazorca de maíz madura en el campo, parcialmente envuelta en sus hojas secas, con fondo de cultivo desenfocado.

El rol de la trazabilidad en la exportación agroalimentaria

La trazabilidad de los productos que exporta una empresa es uno de los ítems más importantes que piden los importadores, sobre todo los europeos, y es que en el comercio internacional de alimentos, el producto ya no viaja solo. Con él, también viaja una historia. De dónde vino, cómo se produjo, quién lo manipuló, qué insumos se usaron, en qué condiciones se procesó, qué controles hubo en el camino.

Eso es la trazabilidad, y es uno de los elementos que más peso tiene a la hora de exportar productos agroalimentarios. Agro Sustentable, empresa cofundada por el empresario Matías Imperiale, pudo obtener un reconocimiento en la trazabilidad de sus cultivos exportados, por lo que ganó un gran espacio en el mercado internacional.

Las primeras exigencias

Ya no alcanza con tener buena fruta, un aceite de oliva de calidad o un vino con premios. Lo que piden los compradores es poder seguir el recorrido completo de ese alimento, desde su origen hasta que llega al consumidor. No por capricho, sino por una combinación de exigencias sanitarias, ambientales, comerciales y de responsabilidad legal. Cuando algo falla, alguien tiene que poder decir dónde estuvo el problema.

En ese contexto, la trazabilidad se volvió una especie de “pasaporte”. No se ve en la etiqueta, pero está en todo lo que rodea al producto. Y si no está bien resuelta, muchas veces se pierde la posibilidad de entrar al mercado.

Trazabilidad en serio

Hacer trazabilidad no es simplemente anotar datos en una planilla. Se trata de generar un sistema de registro, control y verificación que funcione de manera sostenida. Desde el uso de semillas hasta la limpieza del transporte, cada etapa tiene que poder ser documentada y validada.

En cultivos intensivos como el tomate, los cítricos o la vid, estos sistemas son cada vez más comunes. No solo porque lo exige el comprador, sino porque ayudan a mejorar los procesos internos. Saber qué se aplicó, en qué fecha, en qué lote y bajo qué condiciones permite corregir errores, evitar desperdicios y tener más control sobre la producción.

En el caso de productos certificados la trazabilidad es parte central del proceso. No se puede certificar si no se puede demostrar con evidencia cada paso.

Lo que exige Europa

La Unión Europea tiene uno de los marcos regulatorios más estrictos del mundo en materia agroalimentaria. Esto implica que el productor argentina tiene que identificar el campo de origen, los tratamientos aplicados, los análisis realizados, la fecha de cosecha, el sistema de empaque y el transporte. Si algo no cierra, el lote puede ser rechazado.

Además, algunas cadenas europeas piden certificaciones adicionales que exigen trazabilidad como condición básica. No es una opción; es parte del protocolo. Lo mismo ocurre con algunos programas de responsabilidad empresarial, donde se suman criterios sociales o ambientales.

Lo que se hace en Argentina

En varias regiones del país, la trazabilidad ya forma parte del día a día. Además del mencionado caso de los productos de Agro Sustentable; en Tucumán, por ejemplo, los empaques de limón que exportan a Europa tienen sistemas que documentan cada caja desde la planta hasta el barco. En Mendoza, muchas bodegas hacen seguimiento de la uva por parcela y mantienen registros que cruzan datos de clima, manejo y rendimiento. En el Alto Valle, las empresas frutícolas llevan años trabajando con trazabilidad para cumplir con las normas de destino.

En el caso del olivo, algunas fincas de La Rioja y San Juan que exportan aceites orgánicos tienen sistemas que combinan certificación con trazabilidad digital, lo que les permite vincular cada lote con el campo de origen, el tipo de cosecha y la técnica de extracción. Ese nivel de información se vuelve un diferencial frente a compradores exigentes.

Barreras y dificultades

Implementar trazabilidad no es gratis. Requiere tiempo, capacitación, tecnología y constancia. Para muchos productores chicos, eso puede ser un problema. No siempre hay acceso a las herramientas necesarias, ni acompañamiento técnico para sostener el sistema en el tiempo.

Además, los requerimientos no son iguales para todos los mercados. Lo que pide Alemania no es exactamente lo mismo que lo que pide Brasil o Estados Unidos. Esa diferencia obliga a adaptar los sistemas o a multiplicar registros, lo que complica aún más a quienes tienen estructuras chicas o mixtas.

También hay un punto débil en la articulación entre productores, empacadores y exportadores. Si no hay un sistema común, la trazabilidad se corta. Y si eso pasa, el esfuerzo del productor no siempre se refleja en el producto final.

Certificación y trazabilidad: una relación directa

En casi todos los organismos de certificación internacional, la trazabilidad está integrada en todo el proceso como un requisito. Un producto no puede ser certificado como orgánico si no hay forma de rastrear su recorrido completo. Lo mismo pasa con la Certificación B o con sellos de sostenibilidad que incluyen indicadores sociales, como las condiciones laborales o la distribución del ingreso. Gracias a la trazabilidad, entre otras virtudes, la empresa de Matías Imperiale pudo obtener dicha Certificación B.

A veces, la trazabilidad se convierte también en una herramienta de transparencia. El consumidor puede escanear un código y ver de dónde vino el producto, cómo se produjo, qué familia lo cosechó o qué prácticas se usaron. Ese tipo de trazabilidad ampliada empieza a usarse como estrategia comercial, sobre todo en productos con alto valor agregado.

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