Avenida urbana con tráfico en movimiento y edificios modernos, reflejando crecimiento urbano y concentración de actividad económica.

Consecuencias generales de la política económica autarquizante

La combinación de políticas autarquizantes que impusieron los sucesivos gobiernos del periodo 1929 a 1952 fueron sin duda un elemento acelerador desde 1860 y que desde 1905 permitió que la población urbana superara a la rural. Por otra parte, la industrialización se toma habitualmente casi como sinónimo de aumento de la productividad total de la economía y como tal es deseada por todas las tendencias. Las discusiones surgen más bien en cuanto a los caminos alter-nativos para lograr ese objetivo con la mayor eficiencia y al menor costo social.

Viendo las cosas desde el sector agropecuario con un criterio ilustrado, también debe auspiciar una expansión y perfeccionamiento de las manufacturas nacionales, que son insumos fundamentales para la producción agraria moderna y consumos de mayor nivel para la población rural de ingreso creciente que se desea. Siendo tan íntima la relación entre la producción y el consumo de los distintos sectores, todo análisis debería extenderse a la economía en conjunto, cosa que sólo podemos efectuar en forma esquemática, que procure subrayar algunos de los defectos más graves que se acumularon al proceso partiendo de la premisa general de que este consiguió alcanzar buena parte de sus objetivos declarados, que eran los de impulsar la industria (principalmente liviana) y elevar el ingreso relativo de los asalariados. 

La combinación de políticas de apoyo a la industria incipiente, de expansión de los servicios, de obras públicas y otras, atrajo la inversión pública y privada y la mano de obra hacia los sectores secundario y terciario en las ciudades. Al coincidir esta situación con una considerable elevación del P.B. promedio hacia fines de la década del 40 (ver Gráfico Nro. 17 se produjo una fuerte aceleración del éxodo rural hacia los centros urbanos.

Este proceso social coincide con los lineamientos clásicos de la “modernización” al estilo de Rémy Colin, pero en las condiciones de la Argentina llevaba implícitas algunas características especiales. Las inversiones industriales tuvieron una manifiesta tendencia a concentrarse en la región central del país, incluyendo el área metropolitana, donde la protección tarifaria recibida se sumaba a las ventajas externas de las estructuras preexistentes. La consecuencia demográfica se tradujo en un empeoramiento del desequilibrio espacial del desarrollo argentino con un aumento de la macrocefalia porteña y un vaciamiento de la periferia fronteriza

La sustitución de importaciones, supuestamente motor de la independencia del sistema, luego de cubierta una etapa inicial, se había convertido en un nuevo generador de compromisos de importación y se revelaba como incapaz de generar ingresos externos. El desequilibrio del balance de pagos, en lugar de mejorar tendía agravarse y el “estrangulamiento exterior” de la economía pasó a revestir caráctercr8.nico dificultando la importación de equipos, procesos, patentes y materias primas intermedias que la incipiente industrialización requería cada vez en mayor cantidad. –

Por otra parte, el fomento indiscriminado de las industrias había introducido poderosas distorsiones en la estructura productiva. La Argentina se veía con un número considerable de empresas que producían bienes manufacturados a precios fuertemente superiores a los internacionales. Estos altos costos no sólo pesaban sobre el consumidor nacional obligado a adquirirlos a alto precio, sino que exigían to-da una estructura económico-financiera de protección que debía ser sustentada por otros sectores. En el caso de la Argentina el proceso había llegado a tocar su desarrollo económico del país debido fundamentalmente al hecho de que giro de la lucha sobre un solo sector agrario de exportación, al que la misma sus posibilidades productivas. En este sentido la situación es bastante similar al caso del Uruguay, en el que fueron casi exclusivamente las exportaciones pecuarias las encargadas de cubrir el insustituible componente exterior.

Por el contrario, otros países latinoamericanos, que también abrazaron la política de sustitución de importaciones, fueron más afortunados al poder abrir rubros importantes de ingreso de divisas que postergaron la crisis del comercio exterior. Así el Perú con el surgimiento de la poderosa pesquería, los países mineros y petroleros como Venezuela y Ecuador, México con su gigantesca industria turística que resultó providencialmente beneficiada desde principios de la década del 60 por el cierre de los emporios competidores cubanos, y el Brasil, donde una corriente muy importante de radicaciones de capital pudieron compensar por muchos años el balance de pagos, tuvieron mejores posibilidades de diferir el proceso industrialista sin caer en las crisis agudas que comenzaron a caracterizar el proceso argentino desde 1952.

Las políticas específicas puestas en vigor por los gobiernos, sumadas a los esquemas “populistas”’ que formaron parte importante de la ideología de la época en la Argentina, habían de ir configurando rápidamente una estructura productiva plagada por numerosas ineficiencias y con un número creciente de componentes parasitarios. En todo el periodo se observa un detenimiento en la acumulación de capital productivo, que se manifiesta en obsolescencia de la maquinaría y del parque automotor,y reducción del capital por hombre ocupado.

Desde un aumento del capital del 1,3 o/o anual acumulativo registrada en las primeras tres décadas del siglo, que había representado una rápida capitalización neta por habitante, la tasa se hizo negativa en todo el periodo y en 1950 el capital activo era un 20 o/o menor por hombre ocupado en la industria que en 1930.

En este fenómeno influyó el hecho de que las grandes reservas de divisas a-cumuladas por la Argentina durante las guerras mundiales y en los breves periodos de precios agrícolas favorables (Reconstrucción europea, Guerra de Corea) fueron invertidas en la nacionalización de equipo productivo y de transporte ya radicado en el país y en introducción de numerosos equipos inservibles, con lo que el patrimonio efectivo más que aumentar decreció, el esfuerzo de capitalización se tornó casi totalmente nacional y resultó notoriamente insuficiente en el periodo para elevar la productividad industrial, a pesar de ser el sector que absorbió mayor porcentaje de la inversión.

Por la misma razón la productividad por hombre ocupado en la industria sólo creció en la forma indicada por el cuadro Nro. 15 que muestra una casi total parálisis hasta 1940-44 (0,7 o/o) y a partir de entonces un crecimiento modesto hasta el año 1955 (1,4 o/o). Edificar una economía industrial integrada, diversificada y eficiente es siempre contra las dependencias financieras comerciales, tecnológicas y directamente en los países industrializados.

Son evidentes las dificultades que impusieron a la Argentina la inconvertibilidad para los productos de alto valor agregado, o las preferencias otorgadas por ben hacer subestimar la importancia de los elementos endógenos que dificultaron el surgimiento del industrialismo en la Argentina.

Es evidente, por ejemplo, que la dotación de recursos naturales de la Argentina no favorece el funcionamiento de algunas industrias de base, debido a la escasez o falta de calidad de materias primas claves como el hierro, el carbón, minerales no ferrosos, madera de coníferas, roca fosfatada, y muchos otros.

Sin embargo, parece que idéntica o mayor responsabilidad en el estancamiento podría atribuirse a aspectos humanos más complejos, como la insuficiente energía empresaria, la indisciplina social y el imperio de un clima socio-político poco propicio para la organización de empresas estables y productivas como el que hemos esbozado en el capítulo C.4. La resultante de todo esto a través de los años fue la vigencia de estructuras legales y administrativas ineficientes, que se vieron notablemente empeoradas durante el periodo autarquizante.

La Gestalt de la sociedad argentina se debatía impotente por lograr mayores índices de crecimiento de la producción, presa de las estructuras mentales y formales que ella misma había forjado.

Es evidente, por ejemplo, que los vaivenes impresos por disposiciones y regímenes frecuentemente contradictorios resultan un desestimulo para todos los sectores de la producción. El sabio principio de “no zamarrear el bote” que se sigue religiosamente en los países que cuidan su producción, tuvo pocos cultores en una Argentina con ansias vehementes de lograr en poco tiempo profundos cambios.

Además, las políticas adoptadas introdujeron numerosas distorsiones re-ductoras de la productividad. Se sobrecapitalizaron ciertos sectores a favor del con-trol de cambios (textil, metalurgia liviana), se instalaron caóticamente numerosas in-cado y que individualmente resultaban infra dimensionadas para aprovechar las ventajas de escala (automóviles, tractores, químicas), y se descuidó severamente decían de combustibles y en los transportes estatizados. 

Un proceso similar de desviación improductiva se registra en el empleo, que durante este periodo sufre una triple combinación de factores adversos para la productividad.

a. Por una parte se redujo el porcentaje de la población económicamente activa dentro del total.

b. En segundo lugar, se incrementó considerablemente la participación del sector no productor de bienes, y

c. Se incrementaron fuertemente los beneficios laborales, las prestaciones sociales y la fuerza negociadora de los trabajadores, lo que se tradujo en aumento de costos directos e indirectos sin relación con incrementos de productividad.

Lo que pudiera haber representado una redistribución positiva del ingreso y las condiciones sociales, llevó implícito por el contrario un fuerte parasitismo social revelado por cifras publicadas por Naciones Unidas en 1959.Un aumento moderado de productividad en el sector productor de bienes con la excepción del rubro transportes, en el cual el aumento de operaciones no trajo mayor eficiencia Por el contrario, las ganancias logradas por los ferrocarriles hacia1940-44, que requerían en ese año sólo un 78,4 o/o de la mano de obra para la misma operación del año base 1925-29, fueron totalmente anuladas hacia 1955 por las incorporaciones masivas de personal.

Más sombrío es el problema de las actividades no productoras que se exhiba Argentina. Le dada la connotación especial del mismo dentro del grado de evolución social de Obviamente el recargo de mano de obra no productiva y ocupada en actividades económicamente dispensables, se ha convertido en una carga gravosa para la productividad global del país en el periodo que consideramos. Comoquiera que sea, al finalizar el período, la estructura productiva de la te diversificada y un altísimo índice de urbanización, pero la señalada conducía nuevamente a una situación de crisis y tensiones sociales serias.

Pasaba a hacerse primordial el problema de la eficiencia y productividad integral de la economía, que había venido decayendo constantemente por la gravitación cada vez mayor de componentes negativos. Ya que las relaciones intersectoriales condicionan cada vez más las posibilidades de toda la producción, resultaba evidente la importancia de eliminar algunos de los lastres que quitaban eficiencia al conjunto de la economía, ya que la paralización progresiva del sector agropecuario dejaba desguarnecido el sector estratégico exterior, se agravaban los factores básicos de la crisis y se frenaba el funcionamiento conjunto de la economía.

La producción se había ganado la modificación de algunas de las políticas que trababan su acción.

Sin embargo, la sociedad argentina, que tiene altos índices de desarrollo sociocultural, también había incorporado una notable sofisticación política y todos los componentes estaban fuertemente organizados como factores de poder.

Debe recordarse, además, que el ingreso promedio por habitante sufrió un fuerte salto en 1948, para luego quedar casi estático por varios años. Esto significaba que toda política que directa o indirectamente implicara transferencias de ingresos o recursos hacia unos sectores debía cumplirse a expensas de otros. Ello no hubiera ocurrido en una situación de auge general de la economía en que todo se hubiera limitado a distribuir ganancias. Por lo tanto, los conflictos se tornaron más graves, se radicalizaron las posiciones tornando más difíciles las soluciones y quedó así configurado un esquema social y político que explica en buena parte las dificultades experimentadas para retomar un ritmo más rápido de crecimiento en los años subsiguientes., son buenas indicadoras del nivel relativo de bienestar y consumo no han alcanzado a equiparar la disponibilidad de bienes existentes a comienzos del siglo.

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